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Parecieran lejanos los tiempos en los que el Presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, compareciera en las ruedas de prensa a través de un televisor. Un auténtico visionario de las reuniones a distancia, popularizadas durante el COVID19, salvo que para esto no tenían ninguna justificación. Salas llenas de periodistas para mirar una pantalla. Una pantalla a la que no podían hacer preguntas, periodistas limitados a ser transcriptores y fotógrafos de una escena ridícula. No lo hizo una vez, sino muchas. Demasiadas para una democracia que presume de sana y moderna, tratando al resto del país como vasallos, siervos de un emperador incuestionable, protegido, venerado.

La razón para este esperpento no era otra que la de evitar preguntas incontestables sobre la financiación ilegal de su partido, donde su tesorero estuvo años repartiendo sobres con dinero negro a altos y altísimos cargos del Partido Popular. Mordidas ilegales a cambio de a saber qué. Una nueva sede pagada con ese dinero ilegal del que aún no se ha aclarado la procedencia, lo cual significa que es más que probable que proceda de actividades tan poco democristianas como el narcotráfico, el fraude fiscal, el contrabando, la compra de favores, o la prostitución. No en vano fue el Partido Popular declarado "organización criminal" por los jueces que llevaron el cotarro.

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A cambio de todo esto, y cuando esperábamos un 'mea culpa' y arrepentimiento, nos llevamos un avispero agitado, y una ley mordaza que evitaba que las ciudades saliesen a protestar y a declarar rebeldía. De todas formas tampoco hubiera sido fácil, porque durante esos años los antidisturbios tomaron nuestras ciudades, haciendo lo que siempre se les ha dado mejor a los fascistas: amedrentar a quienes les pagaban el salario, y enfrentar hermanos al grito de "a por ellos" bajo la eterna justificación del más rancio "vivaspaña". Los que protestaban ni siquiera lo hacían por el gobierno corrupto, sino por la falsa austeridad, sólo sufrida por las clases más humildes, por una reforma de esa otrora "intocable" Constitución, donde primero se ponían a los bancos, por delante de la gente, y por la mediocridad de una clase política que sólo servía para empujar al país cada vez más abajo en todos los rankings, desplazándoles de la Europa más justa y más moderna.

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Con Aznar, un poco antes, y gracias a las privatizaciones, recortes, y corrupción, 75 personas (62 militares) que volvían a casa después de unas misiones "de paz" en Afganistán y Kirguistán, se estrellaban y morían en una Yak-42 que no debía de haber estado en funcionamiento. Nadie dimitió, ninguna responsabilidad se depuró, y las víctimas se quedaron en el olvido más absoluto, no recibiendo ningún apoyo por parte del gobierno, que trató el tema como un asunto político.

También con este gobierno tuvimos que vivir uno de los momentos más vergonzosos de nuestra política exterior, cuando Jose María Aznar hizo equipo con George W. Bush y Tony Blair, anunciando una invasión criminal a Iraq, esgrimiendo la existencia de unas "armas de destrucción" masiva que nunca jamás aparecieron, y que, a los que osaron dudar de ellas se les criticó y ridiculizó. La única prueba fue la declaración del Presidente del Gobierno: "Puede usted estar seguro de que hay armas de destrucción masiva". El resultado fue la muerte de muchos españoles sólo para hacer a EEUU aún más rico y poderoso gracias al petróleo y los recursos naturales que robaron a los iraquíes.

Podríamos seguir con el desastre del Prestige y los "hilillos como de plastilina" de Rajoy, la pantomima de la ocupación del islote Perejil, los disturbios de El Ejido, el 11M y la represión brutal, pero eso daría para otro artículo.

Cada día que pasa sin que estos corruptos y ladrones no pisen la cárcel es un día menos de justicia y democracia para España.